Los cuadernos de Rolando
Valdetálamo, 1907.
Un alfarero sufre violentos dolores abdominales y empieza a perder fuerza en las manos. Poco después, doña Elvira presenta síntomas inquietantemente parecidos.
No son familia. No comparten casa, comida ni oficio.
Y Rolando Cajal Ranvier no ha visto a ninguno de los dos.
En realidad, Rolando procura no ver a casi nadie.
Pero tiene libros, una memoria extraordinaria y a Marie Charcot, su madre, que cada día le lleva a casa pequeños fragmentos del mundo del que él se ha apartado.
Esta vez uno de esos fragmentos no va a dejarlo tranquilo.
¿Qué pueden tener en común un alfarero y la viuda de un notario?
La primera vez que oí hablar de Anselmo el alfarero mi madre acababa de volver del mercado.
Entró en la cocina con una cesta colgada de cada brazo, las mejillas encendidas por el frío y esa expresión particular que adquiría cuando traía alguna noticia que consideraba digna de mi atención. Marie Charcot había aprendido hacía tiempo que no todas las historias de Valdetálamo conseguían apartarme de los libros, pero también sabía cuáles tenían posibilidades.
Dejó las cestas sobre la mesa y empezó a sacar la compra sin mirarme.
—El pobre Anselmo está cada día peor.
Esperó.
Yo seguí leyendo.
Sacó dos cebollas, un manojo de puerros y unas manzanas.
—Esta mañana han tenido que ir a buscar otra vez al doctor Corti.
Levanté los ojos.
Mi madre sonrió.
—Sabía que eso funcionaría.
—¿Qué le pasa?
Marie se sentó frente a mí, satisfecha de haber conseguido lo que pretendía.
—Su mujer dice que lleva varias semanas con unos dolores de barriga terribles. A veces tiene que dejar el torno y tumbarse. Está muy pálido y casi no come.
Cerré el libro.
El gesto no pasó inadvertido.
—¿Tiene fiebre?
—No que yo sepa.
—¿Vomita?
—Eso no me lo han dicho.
—¿Diarrea?
—Al contrario. Parece que puede pasar varios días sin evacuar.
La miré.
—¿Cuántos?
Marie sonrió.
—Eso, hijo mío, no se lo he preguntado a su mujer en mitad del mercado.
Me hizo gracia.
—La próxima vez puedes intentarlo.
—Puedo intentarlo con un poco más de delicadeza que tú.
Marie siguió hablando. Cuanto más preguntaba yo, más intentaba recordar. Era uno de nuestros juegos. Yo desmontaba la historia en síntomas y ella buscaba en la memoria detalles que, unas horas antes, le habían parecido insignificantes.
Entonces recordó uno.
—También está raro de las manos.
—¿Qué significa raro?
—Que se le caen las cosas. La semana pasada rompió una fuente y ayer una de las herramientas. Su mujer cree que está débil.
Eso me interesó bastante más.
—¿Le tiemblan las manos?
Marie cerró los ojos un instante, tratando de reconstruir una conversación que no había escuchado con intención médica.
—No habló de temblor. Dijo que no tenía fuerza.
Me quedé pensativo.
Mi madre se levantó para seguir colocando la compra.
—Mañana tengo que volver a ver a Matilde. Si quieres, puedo preguntarle alguna cosa más.
Así era Marie.
El mundo que yo me negaba a visitar entraba en casa a través de ella.
Durante años aquella había sido mi forma de conocer Valdetálamo. Mi madre regresaba del mercado, de la iglesia o de casa de alguna vecina y dejaba caer las historias delante de mí como quien arroja semillas sobre una mesa. La mayoría no germinaban. Otras, en cambio, encontraban alguna grieta y se quedaban.
Anselmo se quedó.
No porque sus síntomas apuntaran claramente hacia ninguna enfermedad. Más bien por lo contrario.
Dolor abdominal intenso, estreñimiento, palidez, pérdida de apetito y debilidad en las manos podían encajar en demasiadas cosas. Intenté apartarlo de la cabeza y durante un par de días casi lo conseguí.
Hasta que apareció doña Elvira.
—Hoy tengo otra para ti.
Mi madre entró aquella tarde sin cesta, se quitó el abrigo y se acercó directamente a la mesa donde yo escribía.
—¿Otra qué?
—Barriga.
La miré.
Marie se echó a reír.
—Doña Elvira. El doctor Corti ha estado con ella casi toda la tarde.
Aquello sí consiguió que dejara la pluma.
Doña Elvira era una de esas personas cuya presencia parecía ocupar más espacio que su cuerpo. Viuda de notario, propietaria de varias casas y poseedora de una opinión firme sobre cualquier asunto que pudiera imaginarse, llevaba años administrando su hacienda, su familia y las vidas ajenas con idéntica autoridad.
—¿También tiene dolor?
—Mucho. Y, antes de que empieces, he preguntado algunas cosas.
La miré con admiración.
—¿Has preguntado?
—Estoy aprendiendo.
Se sentó.
—No tiene fiebre. Está estreñida, come poco y su criada dice que últimamente está muy cansada. También está pálida.
—¿Debilidad en las manos?
—Eso no lo sé.
—Habrá que mejorar tu técnica.
—Dame tiempo.
Me levanté y fui hasta la ventana.
Anselmo y doña Elvira no tenían relación alguna que yo conociera. Él pasaba los días entre barro, hornos y esmaltes. Ella probablemente no había tocado una herramienta desde su infancia. No eran familia, no vivían cerca y difícilmente compartían mesa.
Podía tratarse de una coincidencia.
Dos personas podían enfermar al mismo tiempo de cosas distintas y presentar síntomas parecidos. Eso ocurre continuamente y cualquier estudiante sensato debería recordarlo antes de lanzarse a buscar conexiones inexistentes.
Yo no era estudiante.
Y tampoco era especialmente sensato cuando algo despertaba mi curiosidad.
Empecé a leer.
Busqué primero enfermedades digestivas. Después trastornos neurológicos capaces de alterar el intestino. Pasé por infecciones, tumores, enfermedades de la sangre y varias intoxicaciones. Algunas parecían encajar durante una página y se desmoronaban en la siguiente.
Durante unas horas me entretuve con el arsénico.
El arsénico no correspondió a mi entusiasmo.
Y entonces apareció el plomo.
No como una respuesta.
Como una historia.
Eso fue mucho más peligroso.
Siempre me han fascinado las enfermedades que atraviesan los siglos. Hay algo desconcertante en descubrir que un cuerpo humano puede repetir hoy un sufrimiento que otro cuerpo sufrió hace quinientos, mil o dos mil años. Cambian los nombres de las ciudades, las ropas, las ideas sobre el mundo; cambia incluso la forma en que explicamos la enfermedad. El síntoma, en cambio, permanece allí, esperando.
Aquella noche llevé uno de los libros hasta la cocina.
Marie estaba cosiendo cerca del fuego.
—¿Conoces a Nicandro de Colofón?
Mi madre levantó la vista y sonrió.
—No, pero por tu cara creo que voy a conocerlo.
Me senté frente a ella.
—Era griego. Vivió más de dos siglos antes de Cristo y describió una intoxicación por plomo. Habló de dolor abdominal, estreñimiento, alteraciones neurológicas, parálisis...
Marie dejó la aguja sobre la labor.
—¿Ya se sabía entonces que el plomo era venenoso?
—Se sabía que podía enfermar. Que es distinto de comprender cómo lo hace. Y eso es lo interesante. La descripción reaparece una y otra vez durante siglos. Personas diferentes, exposiciones distintas, pero el mismo patrón.
Busqué una página que había marcado.
—Mucho después, Ramazzini escribió sobre las enfermedades de los trabajadores y señaló como peligrosas varias técnicas en las que se procesaba plomo, entre ellas las utilizadas por alfareros, hojalateros y pintores.
La expresión de mi madre cambió apenas.
—Como Anselmo.
—Como Anselmo.
Me incliné hacia delante.
—Y ahí empieza a tener sentido. Algunos vidriados utilizan compuestos de plomo. Si Anselmo trabaja con ellos puede exponerse durante la preparación, al manipular los materiales, al contaminarse las manos... El dolor abdominal y el estreñimiento encajan. La palidez también. Y la debilidad de las manos podría tener relación con una afectación de los nervios.
Marie escuchaba con atención. Nunca fingía entender algo que no entendía, pero tampoco se impacientaba cuando yo me extendía. A veces hacía una pregunta precisamente en el punto que me obligaba a ordenar las ideas.
—Entonces Anselmo podría explicarse. ¿Y Elvira?
Eso era exactamente lo que me molestaba.
—No lo sé. Si fuera plomo, tendría que encontrar una forma de exposición que no dependiera del oficio. ¿Compra algo a Anselmo?
Marie se quedó pensando.
—Cerámica.
Levanté la cabeza.
—¿Qué cerámica?
—Tiene dos de esas jarras azules que empezó a hacer el verano pasado. Las he visto en la despensa.
Me incorporé.
—¿Las utiliza o son de adorno?
—Las utiliza. En una guarda vino. Y en la otra... —entrecerró los ojos, intentando recordar— pepinillos y cebolletas en vinagre.
Dos jarras azules.
Anselmo las fabricaba.
Elvira comía y bebía de ellas.
Todavía no era una explicación, pero ya no podía quitarme aquella imagen de la cabeza.
—Hay otra cosa —dije—. Burton describió una línea azulada en las encías. Muy fina, junto al borde de los dientes. No aparece siempre y no basta para hacer un diagnóstico, pero...
Marie se pasó la lengua por los dientes.
—No hace falta que me mires la boca.
—No pensaba hacerlo.
—Te conozco.
Seguí leyendo durante bastante tiempo después de que ella recogiera la labor.
Tenía una explicación posible para Anselmo.
Y, por primera vez, una pista que podía unirlo con doña Elvira.
La jarra azul llevaba tanto tiempo en nuestra cocina que había dejado de verla.
Era una pieza bonita, eso incluso yo tenía que admitirlo. Anselmo había empezado a fabricar aquella serie el verano anterior y durante algunos meses medio Valdetálamo pareció empeñado en tener una de sus jarras. El vidriado era de un azul profundo, irregular, casi negro en algunos lugares, y reflejaba la luz con un brillo que las hacía parecer más caras de lo que probablemente eran.
Mi madre estaba encantada con la suya.
Guardaba en ella un preparado de vinagre de vino, romero y tomillo que tomaba casi todas las mañanas porque estaba convencida de que le sentaba bien al estómago.
Nunca lo probé.
Mi curiosidad científica tenía límites.
Después de la conversación sobre doña Elvira, la jarra dejó de ser invisible. Una noche la saqué de la cocina, le di varias vueltas entre las manos y volví a colocarla exactamente en el mismo sitio.
El problema empezó unos días después.
Marie dijo que tenía el estómago revuelto.
No le di importancia.
Luego perdió el apetito.
Después apareció el estreñimiento.
La observé durante varios días sin decir nada, buscando explicaciones sencillas porque eran las que más deseaba encontrar. Quizá había comido algo en mal estado. Quizá estaba cansada. Quizá me estaba dejando arrastrar por una historia que había leído y empezaba a ver plomo en cualquier dolor de barriga.
Entonces dejó caer una taza.
Se agachó para recoger los pedazos y dijo que se le había resbalado.
Dos días después fue una cuchara.
Una tarde la encontré sentada en mitad de la escalera. Cuando le pregunté qué hacía allí, respondió que estaba descansando.
Mi madre no descansaba en las escaleras.
Aquella noche abrí un libro y al cabo de casi una hora descubrí que seguía en la misma página.
A la mañana siguiente esperé a que la luz entrara bien por la ventana.
—Mamá, ven un momento.
Se acercó.
—¿Qué ocurre?
—Quiero mirarte las encías.
No se rio.
Debió de ver algo en mi cara.
Se sentó y me dejó levantarle el labio.
Busqué despacio.
Al principio pensé que me lo había imaginado. Después la hice girar un poco hacia la ventana y apareció una fina pigmentación gris azulada junto al borde de varios dientes.
La miré demasiado tiempo.
Marie apartó suavemente mi mano.
—¿La has visto?
Asentí.
No quería pronunciar todavía lo que estaba pensando.
Fui a la cocina.
Cogí la jarra azul.
—¿Desde cuándo guardas aquí el vinagre?
—Desde que compré la jarra.
—¿En enero?
—Más o menos.
—¿Y antes?
—En una botella de vidrio.
Miré la superficie brillante.
El azul no demostraba nada. El color podía proceder de sustancias completamente inocuas y habría sido absurdo culparlo solo por su aspecto. Pero el vidriado era otra cuestión.
Anselmo lo fabricaba.
Doña Elvira utilizaba sus piezas para vino y alimentos conservados en vinagre.
Mi madre llevaba meses dejando un líquido ácido dentro de la suya.
Tres personas.
Tres formas de exposición que podían conducir al mismo metal.
Por primera vez desde que había empezado a pensar en el caso, dejé de sentir curiosidad.
Sentí miedo.
Marie lo vio.
—Voy a buscar al doctor Corti.
—No.
Empezó a levantarse.
—Puedo ir perfectamente.
—No es eso.
Cogí mi abrigo.
Mi madre se quedó quieta.
—Voy yo.
Durante unos segundos no dijo nada.
Ella sabía lo que significaba.
Yo también.
Al principio de mi encierro había pensado que bastaría con quedarme en casa unos días, hasta que las burlas, las miradas y los empujones dejaran de importarme. Los días se convirtieron en semanas y las semanas, en años. Acabé aprendiendo a vivir sin necesidad de atravesar Valdetálamo más de lo imprescindible.
Fuera seguían estando las mismas calles.
Y, en mi cabeza, las mismas voces.
Marie se acercó y me arregló el cuello del abrigo como hacía cuando era niño.
—Ve con cuidado.
Nada más.
Aquello me ayudó.
Llegué a casa de Silvio Corti mirando más al suelo que al camino.
No recuerdo cuánta gente encontré.
Recuerdo, en cambio, perfectamente la puerta.
Estuve unos segundos delante de ella antes de atreverme a llamar.
Pensé en las encías de mi madre.
Golpeé.
Corti abrió personalmente.
Me reconoció enseguida.
—Rolando Cajal Ranvier.
—Sí, señor.
No dejó que tuviera que explicar demasiado.
—¿Qué ocurre?
—Mi madre está enferma.
Cogió el maletín.
—Vamos.
Aquella sencillez me tranquilizó más de lo que habría sabido decirle.
Corti examinó a Marie mientras yo permanecía cerca de la ventana intentando no interferir.
Al principio lo conseguí.
Después empezó a hacer preguntas y descubrí que sabía las respuestas.
—El dolor comenzó hace unos diez días —dije.
Silvio me miró un instante y volvió a atender a mi madre.
—¿Ha sido continuo?
Marie respondió antes de que pudiera hacerlo yo.
Aprendí la lección.
O al menos lo intenté.
Observé cómo palpaba el abdomen, cómo exploraba las manos y cómo hacía preguntas que a mí no se me habían ocurrido. Cuando finalmente le pidió que abriera la boca tuve que hacer un esfuerzo para permanecer donde estaba.
Silvio levantó el labio.
Tardó unos segundos.
—Doctor Corti...
—Un momento.
Esperé.
Después se incorporó.
—¿Ha visto la pigmentación?
—Sí.
—¿Le parece una línea de Burton?
Corti me miró entonces con interés.
—¿Por qué estabas buscándola?
Ahí se acabó mi capacidad para permanecer callado.
Había pasado años evitando conversaciones con personas que no fueran mi madre y, sin embargo, bastaba con que alguien me preguntara por una enfermedad para que las palabras encontraran por sí solas la salida.
—Porque la historia del saturnismo es extraordinariamente repetitiva.
Silvio se apoyó ligeramente en el borde de la mesa.
Yo continué.
—Nicandro describió el cólico y la parálisis hace más de dos mil años. Siglos después encontramos los mismos síntomas en trabajadores expuestos al plomo y, más tarde, Ramazzini vuelve a hablar del peligro en varios oficios que procesan el metal. Y en el siglo pasado se reunieron series enormes de enfermos con dolor abdominal, estreñimiento, anemia, debilidad muscular, alteraciones neurológicas...
Me había puesto de pie.
No recordaba haberlo hecho.
—Lo curioso es que durante mucho tiempo aparecieron también epidemias de cólico en personas que no trabajaban con plomo. Se investigaba la bebida, el alimento, los utensilios empleados para prepararlos... El enfermo podía no haber visto nunca el metal y, sin embargo, estar ingiriéndolo.
Cogí la jarra.
—Anselmo está enfermo.
Silvio no reaccionó.
—Lo sé.
—Tiene dolor abdominal intenso, estreñimiento, palidez y debilidad en las manos. Mi madre no conoce todos los detalles y yo no he hablado con él, pero los síntomas podrían encajar. Además trabaja con vidriados.
Corti seguía escuchando.
Eso me animó.
—Doña Elvira presenta un cuadro parecido y utiliza dos jarras de esta misma serie. En una guarda vino y en la otra, pepinillos y cebolletas en vinagre. Mi madre lleva desde enero guardando aquí un preparado de vinagre que toma casi todos los días.
Le mostré la pieza.
—No digo que el azul sea el problema. No sé qué contiene el pigmento y el color por sí solo no significa nada. Pero si el vidriado lleva un compuesto de plomo y no está bien fijado, un contenido ácido podría favorecer que pasara al alimento.
Silvio cogió la jarra y la examinó.
—¿Y tú no has bebido de aquí?
—Nunca.
Marie intervino desde la silla.
—Dice que mi preparado huele fatal.
—Huele fatal —confirmé.
Mi madre sonrió.
El doctor devolvió la jarra a la mesa.
—¿Qué quieres que haga?
La pregunta me desconcertó.
No esperaba que me la hiciera.
—Que examine a Anselmo. Y a doña Elvira. Si usted considera que tiene sentido.
Corti asintió despacio.
Cogió el maletín.
Cuando comprendí que iba a marcharse me atreví a preguntar:
—Doctor... ¿le importaría que fuera con usted?
Silvio no contestó de inmediato, y durante esos segundos me arrepentí de haberlo pedido.
—Creo que hoy es mejor que no, Rolando. Anselmo te conoce, como conoce todo el pueblo, y está enfermo y preocupado. No quiero añadirle nada que pueda incomodarlo.
Asentí.
Corti habló con Marie unos minutos más y después se marchó.
Yo me quedé en casa.
Esperando.
Nunca había comprendido cuánto tiempo puede caber dentro de una tarde.
Intenté leer y no pude.
Volví a buscar las referencias sobre plomo, aunque ya sabía perfectamente lo que decían. Después busqué argumentos contra mi propia hipótesis y encontré unos cuantos, lo que me pareció una traición personal por parte de la literatura médica.
A ratos estaba convencido de haber encontrado la explicación.
Cinco minutos más tarde pensaba que había construido una intoxicación completa alrededor de tres dolores abdominales y una jarra.
Marie me observaba desde el sillón.
—Ven aquí.
Me senté junto a ella.
—¿Estás preocupado?
—No.
Me acarició el pelo.
—Entonces tienes una forma muy trabajosa de estar tranquilo.
No respondí.
—Has hecho lo que podías hacer —dijo—. Ahora deja trabajar al doctor.
Eso era exactamente lo que peor se me daba.
Silvio Corti volvió a casa dos días después.
Venía a revisar a mi madre.
Esta vez consiguió explorarla sin que yo interrumpiera demasiado, aunque en varias ocasiones tuve que morderme literalmente la lengua.
Marie estaba algo mejor.
Cuando terminó, Corti cerró el maletín y se quedó unos minutos hablando con ella. Yo permanecí cerca de la mesa fingiendo leer.
Fingía muy mal.
Silvio debió de darse cuenta.
—He vuelto a ver a Anselmo y a doña Elvira.
Levanté los ojos.
No dijo nada más durante unos segundos.
Yo tampoco pregunté.
—Había motivos para tomarse en serio tu sospecha —añadió finalmente—. Estamos actuando sobre la posible exposición y vigilando cómo evolucionan.
Era más información de la que esperaba recibir.
—¿Y Anselmo?
Corti sonrió apenas.
—Eso tendrás que dejar que siga siendo asunto de Anselmo.
Bajé la vista hacia el libro.
—Sí, señor.
No me sentí ofendido.
Me pareció justo.
Silvio se despidió de mi madre y se marchó.
Durante bastante tiempo no volvió a hablar conmigo de aquel caso.
Marie mejoró lentamente.
Recuperó el apetito, el dolor fue desapareciendo y dejó de sentarse en lugares absurdos para fingir que descansaba. La jarra azul no volvió a utilizarse para alimentos.
Doña Elvira, según la información inevitablemente fragmentaria que llegaba a nuestra cocina, también mejoró.
De Anselmo supe menos.
Y aprendí a aceptar que aquello era lo correcto.
Casi tres semanas después de su primera visita, Corti volvió a llamar a nuestra puerta.
Mi madre abrió.
—Doctor. ¿Ocurre algo?
—Nada.
Llevaba un libro debajo del brazo.
Eso hizo que me acercara.
Silvio lo dejó sobre la mesa.
Era un volumen grueso, viejo, con las esquinas gastadas y varias páginas marcadas por lectores anteriores.
—Lo tenía en casa —dijo—. Hace años que no lo utilizo.
Pasé la mano sobre la cubierta.
—¿Qué es?
—Una colección de observaciones clínicas. Casos. Algunos bastante buenos. Otros no tanto.
Abrí el libro.
Había historias de enfermos, descripciones de síntomas, exploraciones, tratamientos, evolución.
Sentí esa excitación familiar que siempre me producía un problema todavía sin resolver.
—¿Puedo intentar averiguar los diagnósticos antes de leerlos?
Silvio me miró.
—Esperaba que hicieras exactamente eso.
Pasé varias páginas.
—¿Y los tratamientos?
—También. Pero quiero que escribas por qué eliges cada cosa. No me sirve que aciertes por casualidad.
Aquello mejoraba todavía más el regalo.
Marie nos observaba desde la puerta.
—Le va a durar poco.
—Eso me temo.
Corti se volvió hacia mí antes de marcharse.
—Hay una diferencia, Rolando.
Esperé.
—En estos casos alguien ha decidido qué datos contar. Cuando leas que un hombre trabaja en una fábrica, puedes sospechar que su oficio está ahí por alguna razón. En una consulta nadie te ordena la historia. El paciente puede contarte veinte cosas que no importan y olvidar precisamente la que necesitas.
Miré el libro.
—Como una jarra.
Silvio asintió.
—Como una jarra.
No hubo ninguna ceremonia.
No me propuso estudiar medicina.
No me invitó a acompañarlo en sus visitas.
Dejó el libro sobre la mesa y regresó a su trabajo.
Yo lo abrí esa misma tarde.
En el primer caso aparecía un hombre de cuarenta y tres años con debilidad progresiva, dolor abdominal y pérdida de peso.
Sonreí.
Cogí una hoja de papel.
Marie pasó junto a mí unos minutos después y se detuvo al ver lo que había escrito en el margen de mis notas.
—¿Qué pone ahí?
Leí en voz alta:
—«¿A qué se dedica?»
Mi madre me besó en la coronilla.
—Vas aprendiendo.
No sé si aprendía.
Pero aquella noche me acosté tarde.
Muy tarde.
Durante años había creído que los libros contenían enfermedades y que, si conseguía leer suficientes, terminaría por conocerlas todas.
El libro de Silvio Corti me enseñaría algo bastante más incómodo.
Las enfermedades podían estudiarse.
Los enfermos había que aprender a mirarlos.
Y para eso, tarde o temprano, tendría que volver a salir de casa.
La ciencia detrás del relato
Detrás de la historia
El alfarero azul es ficción. El saturnismo, no.
La toxicidad del plomo se reconoce desde la Antigüedad. Nicandro de Colofón describió en el siglo II a. C. cuadros de cólico y parálisis asociados a una exposición intensa. Siglos más tarde, Bernardino Ramazzini incluyó entre las actividades peligrosas distintas técnicas de procesamiento del plomo utilizadas por trabajadores como alfareros, hojalateros y pintores. En el siglo XIX se consolidó la descripción clínica de la intoxicación crónica por plomo, incluida la pigmentación gingival azul grisácea conocida como línea de Burton.
Los compuestos de plomo se utilizaron históricamente en algunos vidriados cerámicos porque facilitaban la fusión de sus componentes durante la cocción. Si el vidriado no queda adecuadamente formulado o cocido, puede liberar plomo a los alimentos y bebidas. Los alimentos ácidos pueden favorecer esa migración. Por eso el vino, los pepinillos, las cebolletas en vinagre y el preparado de Marie no están elegidos al azar.
Una precisión sobre el color azul
La jarra es azul porque esta es una historia y necesitaba serlo. El azul no identifica al plomo. El riesgo, cuando existe, depende de la composición y fabricación del vidriado y de la posibilidad de que libere plomo, no de que la cerámica tenga un color concreto.
¿Y la línea de Burton?
La línea de Burton es un signo histórico asociado a determinadas exposiciones al plomo. No aparece en todos los pacientes y no permite diagnosticar por sí sola una intoxicación. En la medicina actual, la evaluación clínica se complementa con la determinación de plomo en sangre. Rolando y Silvio Corti trabajan en 1907, con las herramientas y limitaciones de su época.
Son históricos o médicamente reales: el saturnismo; sus manifestaciones digestivas, hematológicas y neurológicas; la exposición laboral al plomo; el uso histórico de compuestos de plomo en determinados vidriados; la posible migración del metal desde algunas cerámicas a alimentos; y la línea de Burton.
Son ficción: Valdetálamo, Rolando Cajal Ranvier, Marie Charcot, Silvio Corti, Anselmo, doña Elvira y el caso que une sus historias.
La ficción me permite construir el misterio. La evidencia decide hasta dónde puedo llevarlo.
Bibliografía seleccionada
- Riva MA, Lafranconi A, D'Orso MI, Cesana G. Lead Poisoning: Historical Aspects of a Paradigmatic “Occupational and Environmental Disease”. Saf Health Work. 2012;3(1):11–16. doi:10.5491/SHAW.2012.3.1.11.
- González de Mejía E, Craigmill AL. Transfer of lead from lead-glazed ceramics to food. Arch Environ Contam Toxicol. 1996;31(4):581–584. doi:10.1007/BF00212443.
- U.S. Food and Drug Administration. Questions and Answers on Lead-Glazed Traditional Pottery. FDA.