Mi nombre es Taxus, aunque la mayoría me conoce como tejo. Los antiguos griegos y romanos ya me asociaban con la muerte.

Para dirigirse a mí, quiero que me llamen “Árbol Jefe”, título que me corresponde por ser uno de los árboles más tóxicos y longevos que existen. Puedo llegar a superar los 1.500 años de vida, de ahí que para los humanos haya estado siempre envuelto en una aureola de misticismo y espiritualidad.

Los antiguos pueblos celtas me rodearon de respeto, simbolismo y leyendas. Sus druidas me consideraron un árbol sagrado y me asociaron con la muerte, la vida y el renacimiento.

Mi veneno tampoco pasó inadvertido a los pueblos del norte de Hispania. Floro cuenta que algunos cántabros, sitiados por los romanos, prefirieron quitarse la vida con preparados de tejo antes que caer prisioneros. Y mi fama viajó también en las puntas de las flechas: autores antiguos relacionaron el tejo con los venenos utilizados para impregnarlas.

Casi todas mis partes contienen sustancias tóxicas capaces de alterar gravemente el funcionamiento del corazón. La gran excepción es el arilo, esa envoltura carnosa y roja que rodea mi semilla. Pero no se confíen: la semilla que esconde en su interior sí es tóxica.

Humanos, asnos y caballos caen bajo mis efectos mortíferos. De ahí uno de mis encantadores nombres populares: “mataburros”. Ya les advertí que mi reputación no era precisamente la de un ficus de salón. En cambio, pájaros y otros animales aprovechan mis arilos y ayudan a dispersar mis semillas sin sucumbir a mis peores artes.

Soporto bien el paso del tiempo porque soy fuerte y elástico. Mi madera es rojiza, resistente y flexible, cualidades que supieron aprovechar muy bien los guerreros de la Edad Media en sus arcos largos. Aquellas armas podían lanzar auténticas tempestades de flechas sobre sus adversarios.

Gracias al amparo de estos arcos, arqueros ingleses y galeses participaron en algunas de las batallas más famosas de la Edad Media y pasaron también a formar parte de historias entrañables y maravillosas que perduraron en el tiempo, como las del bosque de Sherwood, donde se refugiaban Robin Hood y su banda.

Mi fama letal dio lugar a todo tipo de historias y leyendas, muchas de ellas fantasiosas. Plinio recogió incluso la creencia de que dormir bajo mi sombra podía resultar mortal. Y durante siglos ustedes me plantaron en cementerios, donde quedé asociado a la muerte, el duelo, la eternidad y también al renacimiento. De ahí mi nombre del “árbol de la muerte”.

Lo que quizá no sepan quienes me llaman así es que en mis entrañas se escondía también una molécula con un destino inesperado. Soy una de las fuentes naturales del paclitaxel, inicialmente conocido como Taxol, un fármaco que acabó ocupando un lugar importante en el tratamiento de distintos cánceres, entre ellos los de mama, ovario y pulmón, además de algunas formas del sarcoma de Kaposi.

Mi reinserción en la medicina comenzó de una forma casi casual. En agosto de 1962, el botánico Arthur Barclay recogió la corteza de uno de mis parientes, Taxus brevifolia, en un bosque del estado de Washington. Barclay participaba en un enorme programa de recogida de plantas promovido por el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, en busca de sustancias con posible actividad antitumoral. Aquella muestra fue solo una más entre muchas otras; sin embargo, la corteza terminó llegando a manos de los investigadores Monroe Wall y Mansukh Wani, que lograron después aislar la molécula responsable de aquella prometedora actividad y publicaron su estructura química en 1971. Así fue como, después de siglos asustándolos con mis venenos, acabé sorprendiéndolos con uno de mis secretos mejor guardados.

La función del paclitaxel dentro del organismo humano es frenar las divisiones celulares alterando la dinámica de los microtúbulos. Las tubulinas son proteínas celulares que forman largos tubos huecos, los microtúbulos, que constituyen parte del esqueleto de la célula y actúan además como rieles en las funciones de transporte celular. Pero estos tubos no permanecen quietos: se montan y desmontan continuamente y, llegado el momento de la división celular, ese juego resulta imprescindible para organizar y repartir toda la maquinaria necesaria entre las dos células hijas. Mi estrategia no es otra que bloquear ese movimiento: me uno a los microtúbulos y dificulto que se desmonten, dejándolos demasiado bien montados para que la célula pueda reorganizarlos como necesita.

Las células normales también pueden sufrir mis efectos, sobre todo aquellas que se dividen con rapidez; ni siquiera un héroe como yo puede presumir de una puntería perfecta. Las células tumorales, empeñadas en multiplicarse sin control, son especialmente vulnerables a que les saboteen la división. Así que lo de Robin Hood celular queda estupendo en mi biografía, pero debo reconocer una pequeña diferencia: mis flechas no distinguen por el uniforme. Nadie dijo que la quimioterapia tuviera la puntería de un arquero de leyenda.

Lo dramático es que mi propia familia llegó a pagar un precio muy alto por aquella reinserción. Durante años el paclitaxel se obtuvo de la corteza de Taxus brevifolia, donde se encontraba en cantidades muy pequeñas. Y arrancar la corteza significaba matar al árbol. Conforme crecía el interés por el medicamento, crecía también el problema: había que encontrar otra forma de producirlo antes de que el remedio acabara convirtiéndose en una amenaza para su propia fuente.

Por fortuna, los humanos hicieron una de esas cosas que, de vez en cuando, me obligan a retirarles algún insulto. Aprendieron a obtener paclitaxel por semisíntesis a partir de la 10-desacetilbaccatina III, presente en las hojas de Taxus baccata y de otros tejos. Las hojas podían recolectarse sin matar al árbol. Yo seguía prestando mis moléculas y, esta vez, podía conservar la corteza puesta.

Hoy sigo creciendo en buena parte de Europa, después de haber sobrevivido a guerreros, venenos, leyendas, arcos y a la industria farmacéutica. Si algún día se cruzan conmigo, quizá me reconozcan por mi follaje oscuro y mis pequeños arilos rojos.

Durante siglos me temieron por lo que podía matar. Mucho después descubrieron lo que una de mis moléculas podía aportar a la medicina.

Yo no había cambiado.

Soy Taxus.

Soy el Árbol Jefe.

Y llevo siglos intentando enseñarles que, en la naturaleza, la muerte y la medicina pueden crecer en la misma rama.

M.ª Jesús

Bibliografía

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