Daniela · lectura por entregas

Entrega 1 de 17

Introducción + Uno

Lo que pesa no siempre se ve.

Introducción

Soy médico, y he dedicado la vida entera a acompañar a personas con sobrepeso y con obesidad.

En tantos años he cambiado muchas veces la manera de enfocar el tratamiento —la medicina avanza, y quien no avanza con ella se queda atrás—, pero hubo una cosa que tuve clara desde el primer día y que no he soltado nunca: si una persona se sentaba delante de mí, era porque necesitaba ayuda. Solo por eso. Y a esa persona yo procuraba dárselo todo, lo que sabía y lo que entendía, los conocimientos y también la comprensión, que no siempre van juntos y que hacen falta los dos.

Con el tiempo he aprendido que una consulta de obesidad no se parece a casi ninguna otra. No se despacha en diez minutos ni se arregla con una receta. Es un camino largo que se hace en compañía, y por eso, con mis pacientes, he reído en sus victorias —esa mañana en que la ropa por fin cierra, esa analítica que se endereza—, he llorado en sus penas, y me he ilusionado, una y otra vez, con ese proyecto común que emprendíamos los dos: el de devolverle a alguien las riendas de su propio cuerpo.

Sin embargo, no siempre era así. Había veces en que aquella alianza se torcía, y casi siempre por el mismo motivo: cuando entraba en el juego una tercera persona, casi siempre de la familia. Alguien que quería —que quería muchísimo, nunca lo dudé— y que, precisamente por querer con miedo, vigilaba, prohibía, pesaba, reprochaba. He visto a madres, a padres, a maridos, a hijas, hacer un daño enorme convencidos de estar salvando a quien más querían. He escuchado mil veces la frase que más pesa de cuantas se dicen en mi consulta: «solo quiero lo mejor para ti». De esa herida —la que se hace sin querer, y en nombre del cariño— nació este libro.

Lo escribí deprisa, una tarde de domingo, casi de un tirón, y lo colgué en mi blog sin más pretensión que la de contar una historia que me rondaba por dentro. Pero desde aquel día supe que alguna vez tendría que preparar la obra entera, con calma, como se merecía. He tardado más de veinte años. Y han sido veinte años bien empleados, porque en ellos no ha dejado de crecer todo lo que este libro necesitaba: mi experiencia con los pacientes, que me han enseñado más que ningún tratado; mis conocimientos, que la ciencia se ha encargado de renovar y a veces de poner del revés; y también mi oficio de contar, que fui puliendo en la radio, en la televisión y en otros libros que escribí por el camino. Aquel domingo en que empecé no habría sabido escribir el libro que ahora tienes en las manos. Necesitaba esos veinte años. Los necesitaba también Daniela.

Y aquí conviene que te diga qué es lo que tienes delante, porque no es exactamente lo que parece.

Parece una novela, y lo es: la historia de dos niños del mismo barrio, Jesús y Daniela, uno flaco que no lograba comer y otra a la que querían a base de comida, y de lo que les pasó el año en que a ella le pusieron nombre a lo suyo. Pero por debajo de la historia corre otra cosa. Este es, además, un libro de ciencia de verdad. Como aquel Mundo de Sofía que enseñaba filosofía dentro de un cuento, aquí, dentro del cuento, hay un curso entero y honrado sobre cómo funciona el cuerpo humano y sobre por qué unos engordan y otros no: los hidratos, las grasas, las proteínas, las vitaminas, los minerales, el agua, el metabolismo, las hormonas del hambre, los genes; y también los engaños, que de eso hay mucho: las dietas milagro, las pastillas, los productos que prometen prisa. Todo ello contado como lo fue descubriendo un niño de doce años que se metió en los libros de medicina de su padre para salvar a su amiga, y revisado, treinta años después, por el médico en que aquel niño se convirtió.

Verás por eso que el libro tiene dos voces y dos capas. Arriba, la escena: lo que vivieron. En medio, el cuaderno: lo que el niño estudiaba, con sus dibujos y sus metáforas, la ciencia envuelta en emoción y en tiempo perdido. Y debajo de todo, casi sin nombrarse nunca, lo que este libro trata de verdad: que comer es, antes que nada, dejarse querer, y que la nutrición, aquí, no es más que la manera de hablar de algo mucho más grande. He procurado que la ciencia esté entera y sea correcta, y que, cuando algo todavía no está cerrado, se diga con honradez, porque también eso es ciencia. Puedes leer estas páginas solo como una historia, si quieres; o solo como un libro para entender de una vez qué le ocurre a tu cuerpo. Las dos lecturas son verdad, y ojalá te lleves las dos.

Me queda lo más importante, que es de dónde vienen los nombres.

Jesús y Daniela no los elegí al azar. Mi padre se llamaba Jesús Daniel, y quise repartir su nombre entre los dos niños de esta historia para tenerlo en las dos manos mientras la escribía. Porque todo lo que este libro defiende me lo enseñó él, y me lo enseñó sin decírmelo, que es como se aprende de verdad lo que se aprende. Me enseñó que la sonrisa es nuestra mejor aliada para hacernos entender; que el respeto es la mejor táctica para llegar a conocer a una persona; y que el cariño es, siempre, el mejor tratamiento. No hay en toda mi carrera de médico una lección que valga más que esas tres, ni una receta que cure lo que ellas curan. Este libro, en el fondo, no dice ninguna otra cosa: que a nadie se le sana el cuerpo haciéndole la guerra, y que lo primero que hay que curar casi nunca es el peso.

Va, pues, por él. Y por Daniela, y por las cientos de Danielas que se han sentado delante de mí a lo largo de la vida y me han enseñado, una a una, a no confundir jamás el querer con el vigilar. Ojalá, al pasar estas páginas, sonrías, entiendas, y te sientas un poco más querido. Con eso, créeme, ya estaría medio curado lo que hayas venido a curarte.

M.ª Jesús Fuentes Sebio


Uno

Hoy hace treinta años.

Estoy sentado en la misma hierba, bajo los mismos pinos. El viento los mueve igual que entonces. He venido hasta aquí sin decírselo a nadie, con un cuaderno viejo en las rodillas, y todavía no me he atrevido a abrirlo.

En la primera página, con mi letra de niño, hay una sola frase: ¿Qué puedo hacer?

La escribí a los doce años. La sigo sin contestar.

Me hice médico. Me pasé la vida tratando precisamente esto —a los que comen de más y a los que no pueden comer—, y por mi consulta han pasado cientos de Danielas. A todas he sabido decirles algo. A la mía, la de esta calle, es a la única a la que nunca supe qué decirle. Por eso he vuelto, con el cuaderno en las rodillas: a ver si de mayor sé leer lo que de niño no supe.

Daniela y yo nacimos en la misma calle, en las afueras, donde las casas eran bajas y las madres jóvenes se hacían amigas por encima de las tapias. La mía y la suya lo fueron. Por eso, antes de elegirnos nosotros, ya nos habían juntado ellas.

Empiezo por una noche, porque es la primera que recuerdo entera.

Lentejas. El mismo plato desde el mediodía.

Mi madre está sentada enfrente, con el abrigo todavía puesto. Acaba de llegar del trabajo y no se lo ha quitado.

—Una cucharada —dice—. Solo una, y a la cama.

Cojo la cuchara. La grasa se ha cuajado por encima y hay que romperla. Me la acerco a la boca y la garganta se cierra sola, sin que yo le mande nada. No es que no quiera. Es que no puedo, y a los seis años no sé cómo se explica eso.

Ella lo ve. Ve que echo la cabeza atrás. Aparta la silla, se levanta y sale de la cocina sin gritar. Sin gritar es peor.

Me quedo solo con el plato. Por la ventana entreabierta, desde el parque de enfrente, llega la risa de una niña. Es Daniela. Está comiéndose un bocadillo en el columpio, a oscuras, feliz.

Aquella noche, sin saber ninguna de las palabras que aprendería después, entendí una cosa: a mi amiga y a mí nos pasaba lo mismo al revés.

A ella la querían con comida.

De bebé, la abuela le metía cortezas de pan en la boca para que no llorara. Más tarde fueron los caramelos, las chocolatinas, un biberón de leche con cereales después de dos platos de cocido. "Come de maravilla", decía su madre en el portal, orgullosa, mientras la mía bajaba los ojos. En aquel barrio, un niño gordo era un niño sano, y un niño flaco era un reproche a su madre.

Así que crecimos siendo las dos mitades de una misma broma. En el colegio nos lo dejaron claro el primer día: la gorda y el flaco. Lo decían señalándonos, como si hubieran descubierto algo. Daniela me sacaba una cabeza y media y pesaba el doble que yo. De lejos parecía mi hermana mayor.

No nos importaba. O aprendimos a decir que no nos importaba, que a esa edad es casi lo mismo. Teníamos un mundo para nosotros dos y no dejábamos entrar a nadie.

Recuerdo los bocadillos. Cuando jugábamos, ella siempre le daba un mordisco al mío. Un mordisco grande, sin pedirlo. Yo se lo agradecía en el alma, porque así quedaba menos en mi mano y nadie me preguntaba por qué no comía. Durante años creí que Daniela lo hacía por ayudarme.

Tardé mucho en entender que aquel mordisco nos convenía a los dos: en mi mano quedaba menos bocadillo y Daniela había comido un bocado más.

Fuimos felices así hasta los doce años.

A los doce, un médico pesó a Daniela, la midió, le sacó sangre, y con una palabra que ninguno de los dos había oído nunca lo cambió todo.

Pero eso es la página siguiente del cuaderno, y todavía no la he abierto.